El balance de esta semana tiene dos posibilidades, quedar en verde o en rojo. Por lo que veo, las probabilidades del rojo son el triple que las del verde, teniendo en cuenta que ya es jueves y solo he cumplido el 30% de lo que me propuse hacer. Pero no todo esta perdido, quedan todavía dos largos días, 172800 segundos por utilizar, o malgastar.
Todos estos días me he pasado al menos una hora y media al volante. Apoderándome del recientemente menguado Renault 9 modelo 1994 en las calurosas y secas tardes de Duitown. Ahora, a las diez y veintiuno de la noche, del día jueves dos de octubre del año dos mil ocho, escuchando Milonga Strip de Astor Piazzolla, que me transmite ese aire misterioso, sutil, y melancólico que se me antoja pensar que tuvo el día de hoy, reflexiono sobre mi paso por la vida de las personas. Lo asocio con una imagen que se me quedó grabada en la memoria el martes, mientras llevaba al abuelo Don Pedro a la casa, después de un almuerzo en casa de una tía compuesto de habichuelas, que me comí con algo de asco, y una pierna de conejo sudada, que me comí con la plena convicción que tenía entre mis dientes nada más que un desafortunado pollo, de esos engordados a punta de hormonas -como nos lo dice el mito urbano-, tan gordo que no se podía mover, para el que la muerte fue el mejor de los regalos. La imagen que tengo es acorde a Hotel California que escucho en este instante, es una imagen de una avenida, con pocos carros, tan pocos como para poder ir a cien kilómetros por hora y esquivarlos sin ningún problema. Yo voy manejando, a moderados setenta por hora, y el calor de esa hora que me causa un exiguo sudor, me transmite una confortable sensación de bienestar. Los árboles del separador pasan a toda velocidad a mi lado, agitando las ramas, como saludándome. No me he fumado nada, solo me gusta darle intención a las cosas inanimadas. Miro a lo lejos, donde ya no está el ruidoso cemento y asfalto que en ocasiones tanto llego a odiar. Solo hay verde, colinas forradas de eucaliptos y de retazos de cultivos entretejidos por la ondulante superficie que describen las montañas. Desde el valle en el que estoy, solo vasta elevar la mirada en el peor de los casos unos 5 grados, para escapar del tedio de lo urbano y civilizado. Y mientras observo, siento que una vida sencilla es la que es buena de verdad. Me da por sentir que viajar, en una vía libre, con un clima como el de entonces, en un día como el de entonces, era lo mejor que podría pedir, esa tranquilidad de poder frenar, acelerar, bajarse a orinar si era preciso, o competir con algún Renault 4 de los engallados con toda clase de stickers, luces, y no se cuantas más pendejadas, es más con un Ferrari si es que alguno se animara a venir por acá. La tranquilidad que me pudo producir ese instante fue impensable. ¿Quién necesita estudiar?¿Cual es el afán de salir de eso rápido, si no tengo ni idea que voy a hacer después? De todas formas me parece miope la gente que hace planes a un futuro muy lejano. ¿Cuál es el punto de quemarse las pestañas en busca de una vida mejor, si la mejor vida que uno se pueda imaginar, uno se la puede construir aquí, o en cafarnaún? Peligro, ya empiezo a pensar en cosas demasiado vagas. Me controlo y sigo disfrutando del paisaje, del bochorno incrementado por no abrir las ventanas, y trato de hacer lo que mejor sé hacer y que me viene de perlas por estos días: no pensar.
Son las once y seis minutos de la noche, y terminando Losing my Religion cierro la redacción. Mañana estaré a medio día publicando este improvisado post, en casa de mi tía, porque en mi casa el Internet es asunto olvidado desde que me fui a Bogotá, cosa que se me hace triste y decadente. Se me hace. Ojala para mañana, o sea para hoy, no haya habichuelas al almuerzo, y ojala haga un clima como el del martes. Por ultimo suena Thriller de Astor Piazzolla, me fascina. Ahorita pondré el que se lleva mi más grande admiración y gusto, el espectacular Adiós Nonino y hasta aquí llegué por hoy.





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