Porque hay mucho por hacer

Angustiado y con un nudo en la garganta, apenas si tuvo fuerzas para apagar el computador. Le dolían lo ojos y su espalda y su cabeza que lo mortificaban a diario, hoy parecían estar más enfadados con él.

Durante tanto tiempo estuvo tan inmerso en cavilaciones, que su realidad ya era otra, quiso deshacerse de los pensamientos que cada vez más le quitaban la poca cordura que tenía, pero nada logró con llorar a gritos, ahora su encierro no consistía en cuatro paredes de su cuarto, se sentía atrapado en sí mismo, metido en su cuerpo, cansado de vivir, queriendo despertar de este maldito sueño más que en cualquier otro momento de su vida. Al fin había notado lo infeliz que era. El denso olor a comida podrida le recordaba cada rato que debía limpiar, pero por qué habría de hacerlo, precisamente estaba cansado de tener que hacerlo, de tener que levantarse en el día y dormir en la noche, absurdo era para él seguir las reglas, le fastidiaba sobremanera el hambre, le molestaba el tiempo y su correr indiferente. Pronto supo que estaba en un sueño, que llevaba 18 años dormido, pero pronto acabaría, esperaba confiado que sus lagrimas resbalando y cayendo, el dolor de alma que más que padecerlo, ya era parte de él, cerrar lo ojos inflamados e inyectados en sangre; lo llevarían a despertar por fin. Casi podía sentir estar yéndose al cerrar los ojos, casi pudo sentir ese placer de irse lentamente y no ser más. Sin embargo nada pasaba, la vida es una enfermedad que bastante trabajo cuesta quitarse de encima, y así fue como corrió hacia la cocina, tomó un cuchillo y sin dejar perder aquella imagen ideal que todavía le quedaba, sintió su corazón acelerado, su tensión al límite, -el maldito no quiere morirse- pensó, y haciendo su mayor esfuerzo lo hundió como tratándose del corazón de otro y acabar con esto de una vez.

Salió la sangre disparada, roja, brillante, aquello le pareció todo un espectáculo. Recordó su niñez, los paseos al campo, las fogatas, las canciones que al escucharlas una vez más lo llevaron a casa, el perfume que en una navidad le regalaron, los arcos, las flechas. El timbre de una voz conocida le decía que arreglara su cuarto. Pensó que con el tiempo todo se olvida, que este mundo olvidadizo era demasiado cruel como para luchar por él…y así siguió deleitándose con cada gota derramada, pero no duraría mucho, en un instante perdió la fuerza en sus piernas se vio cayendo al suelo, desde una perspectiva que aun no entendía; el dolor era insoportable pero era lo que menos le preocupaba en ese momento. Se estrelló de frente contra el piso, y con un ojo entreabierto quedó boca abajo sin poder mover un musculo. Entonces tuvo un miedo irracional, se sintió el ser más solo, en medio de la nada, sin ver, ni escuchar, ni sentir, ni oler. Quiso volver, pero nada pudo hacer, ya no quedaba nada en su memoria de la clara realidad que estaba buscando, todo se confundía para el, hasta olvidarse de si mismo; de aquella libertad soñada ciertamente no tenía ni idea.

Echado sobre la mesa, el café regado sobre el teclado, el timbre de las seis lo devuelve a la vida, es tarde, y sale sin bañarse ni desayunar porque hay mucho por hacer.




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